27 enero 2011

¿Estos pagarán nuestras pensiones?

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04 enero 2011

La insoportable levedad de la mujer

- Pruébate esto... y esto, esto y por último esto.
Cuando oyes esa frase, ya sea como interlocutor, como paseante en cortes o como sea, lo primero que me ocurre es un erizamiento de la parte posterior del cuerpo que llega hasta...
¡Coño, como mandan!, y eso que te quieren... 
- ¡Matar! digo yo. 
Eso es lo que quieren: matarnos, por supuesto siempre en el sentido figurado de la palabra. 
Esta pequeña anécdota la podemos aplicar en cualquiera de los ámbitos de la vida. No sólo al hecho de ir a comprar ropa, ni de salir a tomar una copa, a cenar, al cine o al teatro, a... Ahhhhhhhhhhhhhh. No obstante, tengo que decir que no todas las mujeres son así. Ah, ¿no había dicho que se trataba de mujeres este post? Bueno, estoy convencido que desde la primera frase cualquiera de los pocos que estén leyendo esto -mamá, no vale que escribas tantos comentarios, llámame-, sabían que trataba del poder oscuro que ejercen sobre los hombres.
Lo más curioso es una vivencia que me comentó el otro día un amigo. Resulta que en su trabajo ¡solo tiene compañeras! 
- Eso es suerte y lo demás son tonterías. Le digo con más envidia que otra cosa. Pero envidia de la de verdad, no esa gilipollez que dice la gente de envidia sana. Sana ni sana, la envidia es la tristeza que te supone el bien ajeno y cuando me contó su suerte, me convertí en el hombre más triste del mundo.
-Que va a ser suerte. Me dice apesadumbrado y continúa: no sabes lo que es ir todos los días a trabajar. Vas con la mejor de las sonrisas, dispuesto a todo: ser no simpático, pero sí agradable, mantener un trato profesional con tus compañeras, porque es así como las ves, pero que va. 
Lo que te encuentras es un nido de avispas dispuestas a picarte. No sabes por donde te va a venir pero ten por seguro que los días pares del mes y los que restan te vas a llevar una soflama, un desprecio o malas contestaciones. Eso de los cambios de humor de la fémina es cierto, me cuenta mientras nos tomamos una cerveza.
Todas las ilusiones que tenía puestas en que me contase cómo es eso de trabajar con un montón de tías, se iban desvaneciendo a un ritmo inusitado. A punto estuve de salir corriendo o ponerme a llorar, pero no era lo más propio teniendo delante al que sería para mí, desde ese mismo instante, un héroe. Sí, un héroe, ese que se hace famoso por sus hazañas. Por tanto, y como no tengo el placer de conocer a muchos héroes, me levante de mi silla y le di el mayor abrazo que he dado en mi vida.
Él no entendía bien porqué hacía eso, pero daba igual.
Desde aquel día, quedo con mi amigo todas las tardes para darle ese merecido abrazo que le alegra el día. Se merece lo mejor por saber que la discriminación positiva está haciendo más daño del que se ve, por aceptar la insoportable levedad de la mujer, por... tantas cosas.